"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

04 septiembre 2016

"Desgracia", J. M. Coetzee

"Tom Budge", por Brett L. Williams

Estamos frente a una novela de superficie tranquila y fondo pantanoso.
La narración es lineal, sencilla, con ritmo ágil y parejo, pero el contenido logra llegar al lector e instalarle una punta de inquietud y desasosiego.
Está situada en dos escenarios bien definidos, por un lado, Ciudad del Cabo con su vida universitaria y cómoda, en la cual David -un profesor de Literatura europea con hábitos de Casanova- se desenvuelve como pez en el agua. Por lo menos, hasta el inicio de la novela, cuando la historia lo ubica al comienzo de lo que él siente como su decadencia personal. Luego de un escándalo público con una estudiante, la trama nos traslada al otro de los escenarios propuestos: una granja en el Africa profunda, donde su única hija elige vivir, por más que las condiciones sean adversas. De hecho, allí somos testigos directos de un hecho profundamente violento y movilizador para los personajes, pero somos también testigos de una realidad mucho más compleja de lo que parece y de un progresivo cambio del carácter de David, o por lo menos de las condiciones que posibilitan dicho cambio. 
A lo largo de la novela pasé por muchas sensaciones, llevada de la mano de un texto que propone varios ejes sobre los que pensar: el machismo, la sexualidad, el amor a los animales, el valor de las decisiones personales, las relaciones filiales y las condiciones históricas propias de la compleja Africa. La historia es descarnada, no tiene demasiados adornos, va al punto. Quizás sea a partir de esta característica como se logra interpelar al lector, poniéndolo frente a los hechos desnudos, frente a posturas ideológicas quizás no previstas, obligándolo, en definitiva, a tomar alguna postura personal sobre lo que se le presenta o, por lo menos, llevándolo a reflexionar. 
Lo considero un texto amargo, pero sin golpes bajos y con muchas aristas sobre las que pensar y sentir, muy recomendable.

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